TESTIMONIOS
SOBRE EL USO DE PSICOFÁRMACOS EN ADOLESCENTES Y ADULTOS CON AUTISMO

12 marzo, 2020
Se tiende a temer o a adorar a la medicación psiquiátrica, sin puntos
medios. Tenemos a quienes la ven como una forma de dominación por parte de la
malévola industria médico-farmacéutica y las élites o, caso contrario, quienes
la ven como la salvación y respuesta a todos nuestros problemas. Probablemente,
todos tengan una mínima cuota de razón y una enorme porción de prejuicio.
Por esto es que no les hablaremos desde el prejuicio ni las
especulaciones, sino desde la experiencia personal de tres adultos autistas que
en distintos momentos de su vida recurrieron —¿o recurren? — a los
psicofármacos.
Experiencia de Constanza
Mis experiencias con la medicación psiquiátrica están marcadas con luces
y sombras, aunque, probablemente, con muchas más sombras que luces. No
soy anti-medicación, pero tampoco pro-medicación-ante-cualquier-síntoma. Hay
cuestiones muy concretas: la medicación, mal administrada, hace muy mal. Te
pueden matar o, incluso, cosas peores, por medio de una mala medicación o de
una mal profesional que te la prescribe.
Quizás mucho de lo que genera que la medicación psiquiátrica sea tan
temida por los antimedicación, sea por los efectos secundarios que puede
generar y porque hay una relación costo/ beneficio que no es tan seductora como
la de un ibuprofeno. Si vamos al caso, en algún momento fui antimedicación,
justamente por esta razón.
Me medicaron por primera vez a los 16 años, porque me temblaban las
manos. Un neurólogo me recetó un ansiolítico y me mandó al psiquiatra. El
psiquiatra creyó que tal vez un antidepresivo me haría bien. Unas consultas
después, al ver que yo seguía igual, me agregó un antipsicótico. La primera vez
que lo tomé, sentí que mi cerebro se transformaba en una almohada y empecé a
dormir como un tronco. En la siguiente consulta, al referir mis síntomas de
cerebro-almohada y mucho sueño, el doctor me indicó otro antipsicótico.
Obviamente, no me sacó nada de lo que ya venía tomando. Estuve unos meses con
esa medicación algo excesiva, y empecé a engordar un poco. Se lo comenté al
psiquiatra, y me reemplazó un antipsicótico por otro. Me agregó un tercer
antipsicótico y un segundo ansiolítico. Como no podía relajarme antes de
dormir, me agregó un hipnótico. Exceptuando el reemplazo de los antipsicóticos,
nunca me sacó ninguna medicación, y jamás me redujo las dosis, sino que iban
aumentando progresivamente. Mi peso hizo lo mismo: de los 16 a los 18 pasé de pesar
48 kilos a pesar 127. Obesidad mórbida, comiendo muy poco, ya que dormía 16
horas por día. Se me retiró la menstruación, tuve un incremento de prolactina
enorme, me llené de estrías, etc. Hormonalmente y metabólicamente, nunca volví
del todo a la normalidad. ¿Cómo no temerle a la medicación, entonces?
Diré que me llevó bastante tiempo poder superar este terror, a pesar de
que hubo un problema que nadie pudo resolver: que tengo ansiedad. A veces me
tiemblan las manos por este motivo, otras veces tengo taquicardia y, la mayor
parte del tiempo, estoy preocupada por alguna cuestión que escapa a mi control.
No es placentero vivir con esos niveles de ansiedad y, pese a que uno se
acostumbra a todo, hace un par de años decidí darle una oportunidad a otro psiquiatra
para ver si me podía ayudar. Esta vez fui con toda la información acerca de mí
misma, incluyendo mi diagnóstico de autismo. Lo primero que hizo fue recetarme
un ansiolítico, porque me temblaban las manos… Pero la similitud termina ahí.
Me dejó que lo tome cuando realmente lo necesito, sin una frecuencia
estipulada, sino cuando tengo un ataque de ansiedad, y así vengo funcionando
bien. Tal vez sea porque en vez de escucharse a sí mismo, este psiquiatra
decidió que yo sé exactamente cuándo me siento bien y cuándo no.
Experiencia de Ezequiel
Siempre tuve prejuicios contra la medicación psiquiátrica, incluso
cuando yo mismo la necesitaba. A pesar de leer del tema, no encontraba la
información que necesitaba para borrar ese rechazo que sentía contra esas extrañas
sustancias. Pensaba que modificarían mi personalidad y me harían dejar de ser
yo mismo, que no solo cambiarían los aspectos negativos que me hacían mal, sino
que modificarían todo lo demás, y perdería todas esas características que me
hacen ser quien soy.
Pero llegué a un punto en que ya no toleraba más mi situación mental y
emocional, situación que meses de consultas psicológicas no pudieron solucionar
en lo más mínimo. Era mi última opción, y a pesar de mis miedos, accedí a
consultar con un psiquiatra, a sabiendas de que iba a medicarme.
Déjenme decirles que fue la mejor decisión que tome en mucho tiempo.
Sufro de ansiedad, pero no me recetaron ansiolíticos. Dado mi estado anímico y
mi condición de autista, el psiquiatra me recetó un antidepresivo en primera
instancia, y luego agregó un antipsicótico en dosis bajas. Ambos me ayudan a
estabilizar mi estado anímico, ordenar mis pensamientos, y evitar la ansiedad.
Ya no me absorben las ideas inconclusas, puedo discriminar mejor los temas por
resolver en mi cabeza, las situaciones cotidianas ya no son un fastidio, y mi
irritabilidad disminuyo casi a cero.
La suma de mis búsquedas de información, las explicaciones del
psiquiatra y mi experiencia directa con los psicofármacos, me sirvieron para
entender que mis miedos eran infundados. Los psicofármacos, correctamente
administrados, ayudan a estabilizar nuestros neurotransmisores, nos ayudan a
tener bajo control a nuestro propio cerebro. Al igual que dormir cuando tenemos
sueño, abrigarnos cuando tenemos frío o tomar un antigripal cuando estamos
enfermos nos mejora el estado de ánimo y nos hace sentir bien; así nos ayudan
los psicofármacos. Aunque los nombres como «antipsicótico» o «antidepresivo»
pueden asustar, tenemos que entender que esa es solo una clasificación de
acuerdo al tipo de neurotransmisor que estabiliza, que no significa que
suframos de psicosis o depresión.
En conclusión, doy fe y mi palabra de que los psicofármacos funcionan a
la perfección y, de hecho, lamento no haberlos tomado antes.
Experiencia de Analía
Con taquicardia, migrañas, temblores, durmiendo casi todo el día y
dolores musculares que me complicaban hasta caminar tres cuadras, llegué a mi
primer tratamiento por depresión clínica. Y no fue el único tratamiento
psiquiátrico que hice: cada vez que me forzaba a llevar una rutina con contacto
social diario, caía en estado de depresión severa y trastorno de ansiedad
generalizado. Algo tan simple como ir a la facultad o trabajar en una oficina,
para mí era una auténtica tortura, una exigencia que destruía mi psiquis.
Al no contar con mi diagnóstico de autismo, también me indicaron
tratamientos para la ansiedad, la fobia social y el trastorno bipolar. Muchas
veces todos estos tratamientos se combinaban al punto de sentirme flotando y
perder percepción realista de mi entorno. Dado mi estado emocional y que ningún
profesional siquiera se acercaba a mi diagnóstico, no me quejo de haber estado
sedada: era eso o que buscara alguna forma de acabar con mi vida. A veces es
así de simple: o ahogas tu cerebro en cuanta droga te indiquen, o morís.
El alta de mi último tratamiento fue hace casi diez años, y luego no
volví a necesitar más. Y no es que haya dejado de ser autista, ni que lo fuera
menos que antes. Justamente, en algún momento y sin saber de mi diagnóstico,
entendí que cumplir con ciertas rutinas «normales» era para mí lo que para un
pez el estar fuera del agua. En algún momento entendí que no podemos pasar la
vida torturándonos, y que debemos aceptar lo que somos, y lo que necesitamos.
Cuando acepté que mi esencia era tener reducido contacto social y poca
exposición a los estímulos sensoriales, y a partir de que me lo permití, logré
cortar el espiral de caer una y otra vez en estados psiquiátricos
incapacitantes. Y, cuando obtuve mi diagnóstico, no solo pude permitírmelo,
sino que también pude perdonármelo.
Hay veces en que situaciones no deseadas me ponen nuevamente en ese
lugar de angustia extrema que solo los que vivieron un ataque de pánico pueden
entender, y en ese momento quisiera poder echar mano a los ansiolíticos con los
que no cuento, por evitar recibir atención profesional. No descarto volver a
necesitar ayuda, tanto profesional como farmacológica, pero ya no negocio mi
estabilidad emocional solo para cumplir con las expectativas sociales.
Ya no quiero ser más un pez fuera del agua. Quiero ser yo, en mi
particularidad, y viviendo de la forma más tolerable posible.
Entonces, psicofármacos: ¿salvación o perdición?
Probablemente, un poco de ambas, y ninguna de las dos.
Los psicofármacos pueden ayudarnos, cuando la vida deja de ser vida.
Pero ninguna solución a largo plazo puede construirse sobre la base de no saber
quiénes somos y qué necesitamos, y ningún profesional podrá ser acertado, si no
sabe para qué nos está tratando. Porque nuestro diagnóstico nos acompañará toda
la vida, pero no necesariamente deberán hacerlo las consecuencias de no conocer
y aceptar nuestro autismo.
Estas experiencias pertenecen y fueron escritas por los integrantes de
Insurgencia Autista (www.facebook.com/insurgencia.autista), organización conformada
por adultos autistas. El término autistas, para referirse a sí mismos, es por
propia elección de los autores.
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